domingo, 4 de octubre de 2015

Magia ante mis ojos (por Laura Morillo)


Un encuentro con la expectación típica de los partidos contra "equipos grandes" al que había que sumar que nos jugábamos mantener (o no) Nervión como templo infranqueable... Si a esto le añadimos que yo volvería a ver a Rakitic en directo y que iba a ver al jugador más grande que he visto jugar (Messi), o que también estaría, por si fuera poco, el jugador que con pequeños pasos se iba ganando mi ciego apoyo, Krychowiak... el resultado era mi top 3. Ante mis ojos. Magia.
Magia que no se dejaba ver al principio, porque empezó mal para el Sevilla.
De hecho, el primero fue un gol con historia: nunca antes mi tío se había enfadado así conmigo. Se enfadó por un corte de manga a un culé que estaba detrás nuestra y que se lo buscó: vamos, este es mi territorio. Territorio rojiblanco, no blaugrana. En fin, seguimos.
Ocho minutos tardó el Sevilla en volver a marcar. Banega. Golazo. Aunque qué más daba: si no volvíamos a marcar no era ningún punto. Qué más daba, si seguía peligrando la imperturbabilidad de nuestro estadio.
Los nervios crecían y crecían a medida que los minutos de los marcadores se acercaban peligrosamente al 90. Aunque yo seguía con la fe en mi equipo. Como siempre. Como debe ser.
Aparte de los nervios, otra cosa que tengo que nombrar es cómo Krychowiak demostró una vez más ser un jugador con un perfil sevillista, un perfil guerrero, da igual uno que otro: son sinónimos.
Cómo, incluso teniendo una amarilla, incluso jugándose la roja, persiguió a Messi, y no sólo le alcanzó. Le superó. Se tiró. Se la quitó. Y limpiamente.
Poco a poco se generaban cada vez más y más oportunidades, y alguna tenía que ser la definitiva. Minuto 84, como a nosotros nos gusta, apurados, sufriendo, con su alivio posterior. Gameiro.

Y después del partido vi como Rakitic fue Iván, el grande. Iván, el croata sevillano. Iván, el que nos quiere. Iván, al que queremos.
Recuerdo que ese día dormí genial: entre cánticos del Sevilla, magia de Messi, grandeza de Rakitic, humildad de Iván y valentía de Krychowiak.
Y sabiendo, que, un sábado más, y con un empate que sabía a victoria, Nervión seguía siendo la torre que ningún equipo derrumbaba.
Aunque eso cambiara al poco tiempo. Pero eso es otra historia que contar (o no, porque para qué recordar esas cosas).

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